Un hashtag para etiquetarte

 

 

 

 

 

 

Still life es una obra italiana creada en 2013 por Steffano Ricci y Gianni Forte, en compañía de Anna Gualdo, Guiseppe Sartori, Liliana Laera, Simon Waldvogel y Fabio Gomeiro como actores, bailarines, performers pero sobre todo como cuerpos y sensibilidades que encarnan la propuesta dramatúrgica y directiva resignificándola como una densidad que sintoniza con su realidad física y por ende política.

Velas en recipientes rojos y un escenario despojado de telones. Un policía en los andamiajes junto al extintor de fuego miraba con atención a la Nelly Goitiño invadida, pero no colonizada, por italianos, plumas, agua, besos y un enfoque transdisciplinar distinto. Homosexualidad, represión, identidad, libertad: etiquetas. Contenido atravesado por la forma. Teatro, danza, performatividad, plurilingüismo, intertextualidad constante entre diferentes lenguas y disciplinas, equilibrio entre lo ajeno y lo particular de lo humano que nos vincula a todos.

Nos encontramos atravesadas por imágenes sublimes e impactantes y un uso de la materialidad que no deja de sorprender. La estética performativa se logra contemplando tanto el riesgo de los intérpretes como la ruptura constante de la cuarta pared. Esta ruptura se realiza desde la interpelación directa al espectador, el adecuado uso de la materialidad y el accionar directo sobre ellos. Un claro exponente es el momento en que los intérpretes descienden del escenario y comienzan a besar al público. Los espectadores pasan a ser actores. La situación mencionada generó polémicas, para nosotras, porque la propuesta de regalar el alma -supuesto con el que se justificó la acción- se vio teñida de un dinamismo binario, siendo así como los actores besaron solo a hombres y las actrices solo a mujeres. Por otro lado, la mayor de las polémicas dentro del público se dio con la problematización del estar expuestos a ser besados sin consentimiento previo.

Un espectáculo performativo no puede ni debe ser indiferente a la realidad política y social en la que se manifiesta. El contexto en que se hizo originalmente la obra y los objetivos que se entrelazan a este son claros y presentan una dirección concisa. Italia, religiosidad, homofobia, suicidio adolescente, cánones, etiquetas, deberes ser, represión. Still life establece un diálogo con una realidad brutal, donde la homosexualidad es sancionada de un modo alevoso por no estar dentro de los parámetros instaurados. Los cruces constantes con la realidad, van desde la acusación al Estado Italiano, hasta el homenaje a varios adolescentes atravesados por ello. La presencia de diferentes lenguas en este contexto rompe con la barrera del idioma, trasladando una situación que sucedió en Italia a una problematización global. Recordándonos que aunque en Uruguay hayamos ganado terreno en esta temática, sigue siendo inminente profundizar y repensar estos asuntos.

La obra gira en torno a episodios de discriminación identitaria vinculados a la homosexualidad, sobre todo masculina, es un grito al derecho de sentir y expresar fuera de lo normativo. Este grito dialoga con una idiosincrasia específica donde es necesaria la reacción explícita que hace visible lo que se quiere tapar, pero que con el afán de mayor claridad, anula líneas transversales esenciales para una problematización profunda y estructural que vaya a la raíz del conflicto.

Los autores de la obra reivindican el teatro como un proceso para hacer política, afirman que “la responsabilidad se convierte en un acto de valor que pocos son capaces de soportar“. Nos preguntamos si en esta política, en esta linealidad de comprensión no se está subestimando al espectador y anulando el cimiento de la problematización.

El que se apedree a dos personas por besarse es un indicio, es la punta de una madeja enorme en la que subyacen problemas que condicionan el vínculo con nosotros mismos y con los otros, por lo que quedarse anclado en el género de estas personas y establecer un discurso que gira solo en torno a eso sin recordar que por sobre todas las criterios de clasificación -género, sexo, edad, nacionalidad, raza- son personas. Entonces, cae en la proclamación de la homosexualidad como un potencial cánon, en vez de abrir juego a las diferentes manifestaciones y a la posibilidad de construirse a uno mismo con libertad más allá de lo impuesto.

Por lo tanto, el abordaje del etiquetado puede caer en lo discursivo, criticando determinadas etiquetas que en el desarrollo de la obra se perpetúan. No manifiesta la supresión del etiquetado, sino más bien, el cambio de etiqueta. La estética canónica de los intérpretes permite y acepta la homosexualidad en hombres blancos, flacos, burgueses y menores de 30 años.  

Resaltamos a su vez el lugar marginal que ocupan las intérpretes femeninas en el transcurrir de la obra en relación a sus pares masculinos y nos preguntamos si este lugar fue premeditado para exponer otras problemáticas sociales o no.

Hablar de la identidad de género y de la sexualidad implica un pienso específico sobre las estructuras que rigen los vínculos, sobre los cuerpos, sobre los roles que encarnamos, sobre las relaciones de poder. Es un tema que implica un pensamiento dialéctico y un accionar fuerte en relación a él para no caer en lo panfletario o reduccionista.

“El teatro es un medio idóneo para exaltar el potencial existente en la diferencia, un instrumento para comunicar nuevas formas de observar la realidad” manifiestan los autores. En relación a esta proposición y en el marco del FIDAE en que se expone esta obra, concluimos la relativa aplicación del caso. Decisiones tomadas respecto a la ciudad en la que se exhibe la misma, sala, precios de entradas, tipo de publicidad realizada, entre otros, son algunos de los aspectos que influyen sustancialmente en el posible público espectador. Consideramos que un gran porcentaje de las personas para las que confrontarse con la homosexualidad genera un desafío no cuenta con acceso al FIDAE, y quizás es en otro tipo de contexto en el que la obra pueda realizar un choque más rupturista.

Estuvimos ahí y vivimos la obra en presente contínuo la mayor parte de la función. Destacamos la estética, el ritmo, el manejo acertado del impacto que genera asombro e inquietud. Queríamos ser besadas, queríamos empezar a besar a todo el mundo y regalar el alma. No importó que los subtítulos se trancaran ni el no comprender italiano, la experiencia de transmisión trascendió el lenguaje y sobre todo fue desencadenante de reflexión.     

Agustina Cabrera y Micaela Wild

            

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